Argentina: Villa Dominguez, Entre Ríos; Campo Ramón, Misiones; Buenos Aires.
México: Ciudad de México; Tijuana, Baja California; San Pedro Cajonos, Oaxaca, San José del Pacífico, Oaxaca, Chacahua, Oaxaca; Lacanjá Chansayab, Chiapas; La Guadalupe, Veracruz.
Cuba: La Habana, Santa Clara, Trinidad, Mayarí Arriba, Santiago de Cuba.
Guatemala: Tzununá, San Pedro, Jaibalito.
Estados Unidos: New York, Texas, Florida, Princeton, New Jersey.
Canadá: Toronto.
Paraguay: Asunción.

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Crónica de la presentación de Andrés Neuman
Por Osvaldo Quiroga, un vecino.
Villa Dominguez, Entre Ríos, Argentina


Ayer fue un día atípico en el pueblo. Por primera vez, una obra literaria de un niño de apenas diez años, se presentaba a la sociedad, a sus vecinos. Hubo muchas expectativas desde los comienzos, toda una movida previa: visitamos las dos escuelas que hay en el lugar —una primaria y una secundaria—, la radio local —que funciona en forma cooperativa—; y a cada vecino que se cruzaba se le entregaba un improvisado afiche, que también se colgó en las paredes del pueblo, que amaneció empapelado.
Hubo toda una logística entre varios colaboradores. Algunos trajeron sillas, otros luces portátiles, otro un pequeño micrófono de mano. Se tenía el lugar: la plaza central del pueblo. Debajo de un frondoso lapacho se había formado una alfombra de flores frente a la casa de Andrés. Y en cuanto pareció que el pueblo había amanecido preparado para el evento cultural, inesperadamente, comenzó a llover. Hubo que buscar inmediatamente un lugar alternativo, y a pocos metros de la plaza, un enorme galpón, que hace 100 años fue utilizado como hotel de inmigrantes, o sea el primer techo que miles de personas tuvieron al llegar a este naciente pueblo, pareció convocar a esta reunión que refleja el trabajo y los sentimientos.
El acto estaba programado a las 15 horas. Continuaba la lluvia pero poco a poco fueron asomando los asistentes. En el galpón se había armado una escenografía acorde a una reunión. Sillas dispuestas en forma circular, simulando un aro, rodeadas con otras sillas de igual forma que invitaban a que cada asistente tuviese un espacio para escuchar y también para opinar después; porque es una reunión. Familiares, amiguitos de Andrés, amigos de sus familias, docentes, el intendente municipal, y otros vecinos, fueron invitados a escuchar a Reunión, que no entiendo si es un grupo, un espacio o un proyecto.
El acto fue muy emotivo. Daniel contó de qué se trata el grupo Reunión, cómo vinieron trabajando, qué tipo de actividades, dónde. Creo que la idea o intención es darle voz a los que difícilmente tuviesen oportunidad de dejar su pensamiento, su sentimiento, plasmados en letras en un libro. Todo el mundo tiene sentimientos; ahora, que se inmortalicen en un libro o en una hoja, eso es difícil.
Una vez hecha la presentación, el anfitrión, Andrés, leyó sus poemas. Tímidamente comenzó a leerlos rodeado —casi abrazado— por su compañeros, que lo ayudaban silenciosamente en la lectura, como corroborando que no se salte ninguna parte. Los gurises le indicaban, lo ayudaban, hasta que a mitad de su lectura comenzó a tomar confianza y claridad y se pudo absorber, se apoderó de los silencios de la gente y de la emoción, que no faltó. Mi señora estaba atrás y mi hija también, y me contaron que cuando Andrés empezó a leer, su abuela y su mamá se emocionaron mucho. Es que cuando uno ve a sus hijos en una obra en la escuela o algo así, uno ya se emociona, así que debe ser muy fuerte que tu hijo pueda regalarte algo propio. Es muy fuerte me imagino. Ojalá me pase a mi algún día. Cuando Andrés dice “yo soy Andrés Neuman vivo en Villa Domínguez, voy a la escuela Isidoro Suarez” nos está nombrando a todo el pueblo, nos está nombrando a todos nosotros.
La coronación de aplausos fue el resultado esperado a la que Andrés agradeció con una sonrisa. Después, se leyeron las obras de otros autores por parte de gente elegida al azar: una docente, una madre, chicos de la escuela, el director del museo, un joven, una joven, todos representando, o siendo, en ese momento, la voz de un artista brasilero, de un mexicano, de una paraguaya, entre otros, que acompañan con sus trabajos al libro de Andrés. Después nos sacamos una foto final en el centro del galpón, mientras el novel autor se tomaba su tiempo para autografiar los libros que generosamente les regaló a los presentes.



Reunión en la Galería Big Sur, Buenos Aires.
Por Santiago Villanueva

Me parece que estaría bueno abstraerse de los textos y hacer una lectura formal de la pieza, que en la galería funcionaba como un objeto, una ronda.
La ronda es un formato vinculado al ritual, un formato ameno para la lectura, muy amable de escuchar y de ver. Pero en este caso, el público estaba por fuera, y los que leían no miraban hacia el público, se miraban entre ellos. El objeto estaba constantemente negando a los que circulaban por fuera. Eso le daba un carácter ¿Qué pasaba si los portavoces se daban vuelta y leían dándose la espalda? Al mirar hacia adentro, no había otra forma de pensar este sistema de lecturas entrelazadas que como un objeto, una pieza de arte, el punto en el que este proyecto y sus voces toman una dimensión objetual.
Se volvía un coro. Había un guion muy estructurado, un orden elegido de antemano, una composición con las voces. Y esa composición era una obra en sí misma que excedía el texto leído y se abría hacia la sonoridad del texto. Era extraño lo que pasaba con las personas en la sala. Las personas no circulaban de un lado al otro, a ver cómo se escuchaba desde diferentes zonas, ni tampoco se metían en la ronda, aun estando en una galería de arte, un lugar que habilita otra corporalidad. Cualquier instancia de lectura lleva a que las personas dejen de hacer lo que están haciendo, de caminar, de circular y se detengan. Acá, la lectura incorporada a la obra, generaba una fuerza que además de detener a los visitantes hacía que se detenga todo.
¿Por qué esas personas intimidaban tanto?, había un grado de intimidación muy importante. Intimidaban las personas que leían y las que eran leídas. Esa presencia al cuadrado. De lectores y de leídos. Doble distancia. Desdoblamientos de lugar y de persona. Los poemas sacados del lugar donde fueron producidos y llevados a una galería; y los poemas siendo leídos por otras personas.
Era evidente que no era una lectura de poesía, era una obra de voces que generaba un tiempo sólo para ella. Aún cuando convivían en sí diversas cosas, se entendía que estabas viendo y escuchando una pieza. No había modo de considerar cada texto por separado. El formato le daba algo de totalidad. De completo. Creo que por eso nadie se paró. Nadie se paró y se fue. Para poder aproximarte a la obra, tenías que escuchar todas las voces de la ronda. La ronda no era una pasarela de lectores, era un engranaje, todo era unido a lo otro. Y eso generaba un nivel máximo de abstracción muy difícil de lograr.